El lunes mi amigo Luis y yo salimos por la mañana para dar una vuelta por el Cerro de San Pedro. Para los que no conozcáis esa zona de la Sierra de Madrid, es un infierno de sube y bajas, rampas de porcentajes imposibles y trialeras rompehuesos. Nuestro grito de guerra cuando vamos por ahí siempre es el mismo: ¡Aquí se viene a morir!. El caso es que nos cruzamos con un rebaño de ovejas en la cima de una de esas tachuelas que hay que subir con crampones y bajar con paracaídas. Un kilómetro más allá, y muchos metros más abajo, vimos un cordero recién nacido abandonado. Balaba asustado con el cordón umbilical colgando y lleno de sangre y barro. Yo iba en cabeza. En décimas de segundo pensé en dar la vuelta y subir la rampa asesina para avisar al pastor, pero el porcentaje de la subida me puso los pelos de punta y me hizo rechazar la idea. Me avergüenza decirlo, pero estaba dispuesto a dejar ahí al animal y seguir adelante. Luis me gritó, paró en seco y se dio la vuelta, cuesta arriba, porque hay cosas que hay que hacer por mucho que cueste. Además me avisó de que me quedara ahí, junto al cordero, y me señaló al cielo. Una pareja de águilas calzadas que viven en la zona ya le habían echado el ojo al lechal y estaban esperando a que nos marcháramos para perpetrar el secuestro y darse el gran festín. Luis subía la rampa retorciéndose como una lagartija sobre el plato pequeño. Mientras, yo esperaba junto a una mancha blanca y pequeña que intentaba mantenerse sobre las cuatro patas y andar hacia mí, pero que sólo podía dar tres o cuatro pasos antes de caer y que balaba asustada. Al rato Luis estaba de vuelta. Satisfecho, congestionado por el esfuerzo, pero contento por haber hecho lo debido. Con él llegó el pastor que recogió a la criatura. La pobre no pesaría ni dos kilos. Se la llevó del brazo mientras le regañaba mirándole a los ojos: Loquito me tenías. No te encontraba por ningún lado y tu madre está allí arriba balando como loca. Luis me llevó el resto de la mañana con el cuello estirado y la lengua fuera. Sin compasión. Pero no me quejé ni dije nada. Era mi penitencia por pasar de largo. Cobarde ante una rampa infernal. Cuando llegué a casa miré a mi mujer y le dije: Cariño, te voy a explicar por qué me gusta tanto montar en bici .
jejejeje, muy bonita la historia, y con final feliz, seguro que el pastor os lo agradecera cada vez que os vea, y gracias a vosotros seguro que ya no le molestaran el paso de los ciclistas cerca del rebaño.
Hola , yo soy ganadero y voy en bicicleta . Te puedo asegurar que el pastor te está muy agradecido. El valor material no es nada del otro mundo pero la satisfacción de haber recuperado el cordero para dárselo a su madre es inmensa. Seguro que le ha cambiado el concepto que tenía de los ciclistas.
muy bien hecho,si los animales pudieran hablar te dirian infinitos agradecimientos,muy bonita historia,da gusto leerlas con un final feliz,saludos
Bonita historia. No te agobies al final hiciste lo debido. La satisfacción del deber cumplido. Saludos.
Para tí un tironcillo de orejas y perdonado. Para los dos mis felicitaciones por tener tan buén corazón.