Epica ciclista..Historias de un deporte

Tema en 'General' iniciado por labeaga, 19 Ene 2019.

  1. labeaga

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    Creo que el título de por si ya lo dice todo.
    He estado haciendo aportaciones al hilo de Fotos Curiosas con fotos comentadas sobre historias, anecdotas, situaciones de ciclismo.
    Algunos compañeros me han animado a preparar este hilo pensando que sería más adecuado.
    Poco a poco iré recuperando esas aportaciones y añadiendo nuevas es este hilo.
    Os animo a todos y a todas a que compartais con nosotros estos momentos del ciclismo que tanto nos gusta conocer o recordar.
    Un saludo

    Por cierto el título es un aporte del compañero Ray, gracias
     
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    Última edición: 6 Abr 2019
  2. labeaga

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    Ottavio Bottecchia se le quedó marcado el hambre en el rostro desde niño. Los pómulos hundidos, la piel cetrina, la frente despejada, con esas arrugas que te pone el sol cuando estás expuesto todo el día. Y la nariz, la nariz geométrica, el apéndice que te intimida, te observa, te estudia. La legendaria nariz de Bottecchia de la que hasta Dino Buzzati acabará hablando. Nada menos.

    Estamos frisando el comienzo del siglo XX y los Bottecchia se tienen que mudar. Abandonan su pequeño pueblo del Friul, muy cerca de Treviso, y viajan a Alemania, tierra prometida, a buscar un trozo de pan que llevar a la boca de los niños. Y allí, en tierras germanas, Ottavio comienza a trabajar. De albañil. Trabajo duro, descarnado, ingrato. Sus músculos se endurecen, su carácter se vuelve taciturno, concentrado. Es un chaval. Es un obrero. Poco después, muy poco después, será un soldado.

    Porque se desata la Primera Guerra Mundial y Ottavio, que había vuelto con su familia a Italia, es llamado a filas. El mismo país que hizo emigrar a su familia por la falta de oportunidades reclama ahora su sangre para defenderse de la tierra que los acogió y los alimentó durante años. Ottavio acude, claro, al Ejército Real Italiano, y allí es rápidamente enrolado en la división de los Bersaglieri, los ciclistas-soldado que acaban convirtiéndose en leyenda a lomos de sus máquinas marca Bianchi, las mismas que tienen en el manillar un acople similar a los utilizados ahora en las pruebas contrarreloj y que en aquel entonces servía para apoyar el fusil. Esos Bersaglieri a los que quería pertenecer, más que ninguna otra cosa en la vida, aquel personaje pintoresco y trágico que fue Enrico Toti. Pero esa fue, seguramente, otra historia…

    El caso es que incluso entre todos aquellos soldados en bicicleta destaca Ottavio Bottecchia por su fuerza, por la velocidad que era capaz de alcanzar durante larguísimos recorridos pedaleando sin apenas mostrar fatiga. Y por eso su destino no es otro que el de transportar mensajes entre las líneas de defensas italianas. En otras palabras, uno de los ejercicios más arriesgados que se pueda imaginar. Al menos en dos ocasiones entra Ottavio en batalla, y al parecer se muestra confiado y tranquilo, haciendo gala de enorme sangre fría y puntería certera. Sale de esas emboscadas ileso y con una medalla de plata del Ejército Italiano por su valor. Pero sigue en la guerra. Antes del final de la contienda habrá sufrido un ataque con gas mostaza y pasado la malaria. Bromas… Ah, y sus piernas están más fuertes que nunca, tanto que, firmado el Tratado de Versalles, Bottecchia toma una decisión: será ciclista profesional.

    No lo tendrá fácil. Viajará a Francia para trabajar, de nuevo, como albañil y competir en algunas carreras menores. Allí, entre sus compañeros de obra, van fraguando en el joven Ottavio sentimientos políticos. Porque Bottecchia era socialista. Había aprendido a leer gracias a los pastiches socialistas que sus colegas le dejaban en la obra --en aquella unión tan curiosa entre deporte y política de la que hablará más tarde Gramsci en sentido contrario, cuando cuenta que en la cárcel los presos políticos del Fascismo mantenían el contacto con el exterior gracias a la lectura de La Gazzetta dello Sport y las glorias de los ciclistas italianos--, y su sentimiento proletario se encarna profundamente. No será, claro, la última vez que hablemos de la ideas de Ottavio…

    Sobre la bicicleta el joven Bottecchia pronto demuestra sus cualidades. Tenacidad, fortaleza, capacidad extrema de sufrimiento. Y una calidad de escalador como, dicen, nunca antes se ha visto. El entrenamiento en el Frente Italiano parece haber dado sus frutos. Su estrella cada vez brilla más y a nadie sorprende que sea seleccionado por el equipo Automoto-Hutchinson, uno de los más potentes de la época, para correr el Tour de Francia de 1923.

    Aquella carrera es completamente dominada por el debutante, y tan solo su disciplina le aleja de la victoria, que va a parar a su jefe de filas, Henri Pelissier. Cuando el francés ordena a Bottecchia que lo espere en cualquier etapa el italiano obedece sin problemas, parando en la cuenta y dejando pasar los minutos mientras limpia con esmero la máquina, quitándole barro, engrasando los frenos… Todos son conscientes de que ha sido el mejor, pero termina segundo en París. Al año siguiente lo hará aún mejor.

    Henry y Charles Pelissier mantienen desde hace tiempo una agria pugna con Desgrange, el creador y director del Tour, que no gusta de los modales toscos, de las costumbres escandalosas, de los hermanos. La situación torna irremediable cuando Desgrange descubre a Henri arrojar un maillot de lana al suelo durante una etapa, algo completamente prohibido. Descalificación, discusión, insultos y algunas *******. Los Pelissier están fuera del Tour, y ese mismo día concederán una entrevista a Albert Londrés cuyo título es ya epítome de ciclismo: “Los Forzados de la Ruta”…

    La consecuencia deportiva de este hecho es que Bottecchia tiene vía libre para imponerse en la carrera, Y lo hará con una superioridad abismal sobre el resto, y dejando algunas historias de las que se recuerdan siempre, como cuando en la Casse Desserte del Izoard se baja de su máquina para realizar los últimos metros del puerto a pie, cantando a pleno pulmón canciones militares transalpinas. Días después será el primer italiano en imponerse en París. Gloria para la nueva estrella.

    Salvo en su país de origen, claro, donde sus ideas de izquierda casan poco con las nuevas políticas que el Duce está imponiendo. Que hablen, que hablen de Bottecchia, pero solo como deportista. Nada de darle voz a sus pretensiones políticas. Nada de convertirlo en un cabecilla, en un símbolo, para ciertos grupos. Nada de eso. Un ciclista y solo un ciclista. Y veremos qué hacer con él…

    Al año siguiente Bottecchia gana su segundo Tour de Francia vistiendo el maillot amarillo desde el primer día. Es, dicen, el más solvente ciclista que jamás haya existido. En 1926 se ve abocado al abandono en mitad de aquella Bayona-Luchon que recorre la tetralogía pirenaica, la del Círculo de la Muerte, bajo una nevada asgardiana, y que ha pasado a la historia como la jornada más dura de siempre en el Tour. Un día de tantos retazos, de tantas piezas, de tantos hombres duros como el pedernal llorando desconsolados en las cunetas… Picado en su amor propio, incapaz de dar una sola pedalada más, Bottecchia promete volver al año siguiente para cobrarse su venganza y vencer por tercera vez en París. Nunca podrá intentarlo.

    “Mi mayor temor es que mis ideas lleven alguna desgracia a mi familia”, dijo una vez Ottavio. En mayo de 1927 sus peores presagios parecen tornar reales cuando su hermano Giovanni, también ciclista, es arrollado mientras entrena por un coche que se da a la fuga. Giovanni queda en el suelo, roto. Ottavia calla y continúa preparándose. Planea mudarse a Francia tras el Tour. El Tour que nunca llegará a correr.

    Son las nueve de la mañana del tres de junio de 1927, y un granjero camina dubitativo. Ha visto algo raro apoyado en el muro de sus tierras. Un fardo, un cuerpo humano. Es un ciclista. Las heridas son tremendas, y casi no le permiten reconocer a Ottavio Bottecchia, el gran Ottavio. Lo trasladan al hospital de Gemona, pero no hay nada que hacer. Fallece unos días después

    Se abre una investigación. ¿Qué ha pasado con el ídolo? La conclusión es vaga: un caída ha provocado los golpes y, por extensión, su muerte. Pero a nadie se le escapa que esa explicación es insostenible: la bicicleta estaba a varios metros de Bottecchia, y apenas presenta arañazos. No, no ha sido un accidente. Todos murmuran. Fueron ellos, los fascistas. Fueron ellos los que le siguieron, le dieron una paliza, le dejaron moribundo. Ellos. A él. Al rojo. Todo es silencio en aquellos gritos desgarrados. Italia gemirá sin que nadie la escuche durante décadas.

    Muchos años después un sacerdote recibe la última confesión de un agricultor moribundo. Fue él, dice, él mató al ciclista hace tanto tiempo. Fue él, lo hizo porque le estaba robando unas uvas de sus tierras. Cogió una piedra y le golpeó con ella. No quería hacerlo, fue un accidente. Fui yo. Y expira. Y el sacerdote lo cuenta a la prensa. Caso cerrado, lo de Botecchia fueron un cúmulo de desgracias. Sin política, sin venganzas. Solo que… solo que en junio no hay uvas para robar y que te maten por ellas. Y que el sacerdote en cuestión resulta que había sido ferviente fascista durante el Régimen. Y que, en definitiva, nada estaba explicado de todo lo que se podía explicar. Porque, aún hoy, no sabemos cómo murió el hombre al que, casi seguro, mataron por sus ideas. Queda su recuerdo, sus gestas. Queda, también, su misterio.
     
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  3. labeaga

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    Ganaré el Tour, si antes no me asesinan

    Maurice Garin, vencedor del primer Tour de la historia, no pronunció esas palabras en vano. La edición inaugural del Tour había suscitado un increíble interés por parte de los medios y había exacerbado los ánimos de los entusiastas seguidores del ciclismo. En una carrera repleta de participantes franceses las rivalidades provincianas hicieron acto de presencia de una manera inusitada durante su segunda edición en 1904. Apenas había echado a rodar la ronda cuando esta estuvo a punto de perecer a causa de su propio éxito. Ya en la primera etapa un grupo de corredores, entre los que se encontraba Garin, fueron atacados en Saint-Étienne por unos encapuchados que huyeron en coche, aunque los ciclistas pudieron continuar con la carrera. Otro de los favoritos, Hyppolite Aucouturier, sufrió tal cantidad de pinchazos y accidentes que difícilmente podían atribuirse a la mala suerte. Hubo todavía más: un corredor descalificado, otros multados, rumores de que Garin había recibido comida de uno los jueces… Como pueden comprobar, Tour de Francia y polémica siempre han estado asociados. En la segunda etapa las cosas fueron a peor. Un grupo de lugareños que querían asegurarse de que su paisano Antoine Fauré, escapado, se hiciera con la victoria, decidió cortar el paso al grupo de favoritos. Además, no dudaron en atacarles con palos y piedras, hasta que los ciclistas fueron rescatados por uno de los coches de la organización, que embistió a los asaltantes mientras un juez realizaba disparos al aire. Kilómetros después sobrevino un aluvión de pinchazos cuando el pelotón se encontró el camino sembrado de cristales rotos. A pesar de todas las argucias empleadas por sus seguidores, Fauré fue alcanzado y la victoria de etapa correspondió a Aucouturier. En la tercera etapa, entre Marsella y Toulouse, los incidentes volvieron a sucederse, pero poco a poco los ánimos se fueron calmando, aunque las tachuelas, cristales rotos y clavos siguieron haciendo acto de presencia en el que probablemente haya sido el Tour más accidentado de la historia. Veintisiete supervivientes llegaron a París, y efectivamente Garin se proclamó vencedor en una edición repleta de problemas, trampas y descalificaciones, a un nivel tal que la federación francesa de ciclismo tomó cartas en el asunto, decidida a investigar los hechos. ¿Y saben qué? Cuatro meses después, los cuatro primeros clasificados, el campeón Garin entre ellos, fueron descalificados. Ya ven, tampoco en esto el Tour del siglo XXI ha sentado precedentes. El quinto corredor en la clasificación general, un jovenzuelo de diecinueve años llamado Henri Cormet, se encontró sin comerlo ni beberlo con que era campeón del Tour. El ganador más joven de la historia, un récord que obviamente permanece imbatido.
     
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    Eddy Merckx en el Tour de 1974. En ese año consiguió el primer “triplete” Giro, Tour y Mundial.

    Solo Stephen Roche, en 1987, ha conseguido repetirlo
     
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  5. labeaga

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    El Muro de Sormano, una carretera construida para castigar a los ciclistas

    El Muro de Sormano es una carretera trazada en 1960 para que los ciclistas sufrieran más en el Giro de Lombardía. Se subió en tres ediciones, pero resultó tan terrible que lo abandonaron durante medio siglo.


    En 1960 el patrone Torriani se empeñó en que debían torturar más a los ciclistas. Ya estaba harto de que un pelotón numeroso superara las cotas del Giro de Lombardía sin mayores problemas y de que el triunfo se decidiera en un sprint masivo. Habían pasado los años épicos de Bartali y Coppi, de las cabalgadas solitarias, y el palmarés se le estaba llenando de velocistas: Van Looy, Defilippis, Darrigade. La subida emblemática de la prueba, el santuario del Ghisallo, ya no era aquel camino embarrado de los años treinta y cuarenta, plagado de socavones, que desperdigaba a los ciclistas. Era una carretera bien asfaltada, que ya daba poco miedo.

    Y el patrone Vincenzo Torriani, organizador de las mayores carreras italianas, sabía que una de sus tareas consistía en hacer sufrir a los ciclistas. Él introdujo la subida al Poggio —y su descenso revirado— para electrizar el final de la Milán-San Remo; él se atrevió a mandar a los ciclistas del Giro de Italia al Gavia y al Stelvio, rozando los tres mil metros de altitud en mayo, con paredes de nieve a los costados, con tormentas, con nieblas; y él llamó un día a Angelo Testori, alcalde del pueblo de Sormano, para que le buscara alguna subida empinada, cerca del Ghisallo.

    El alcalde Testori conocía un camino en el bosque. Solía pasear monte arriba, cruzaba el puente de Corno —apenas una pasarela de madera sobre el torrente— y trepaba por un sendero tan empinado que le obligaba a apoyarse a ratos en los castaños para recuperar la respiración. El sendero llegaba a la Colma di Sormano, un collado en el que había un par de cabañas. Testori llamó a Torriani, organizador del Giro de Lombardía: tenía la subida, el único problema era que se trataba de una mulattiera, un camino de mulas.

    Torriani decidió que eso no iba a ser un problema: lo ampliarían y lo asfaltarían, construirían una carretera en esas montañas que se alzan sobre el lago de Como, solo para endurecer el Giro de Lombardía. Aquella nueva carretera subía 297 metros de desnivel en 1,7 kilómetros: una pendiente media del 17,5%, con rampas máximas del 25%, una barbaridad.

    Cuenta el periodista Pino Lazzaro que Torriani tenía miedo de que aquello se convirtiera en un «spingi, spingi» (¡empuja, empuja!). Por eso colocó a algunos voluntarios en la subida, para impedir que los espectadores empujaran a los ciclistas y distorsionaran la carrera. En los tramos más vertiginosos, instaló una red metálica para que los corredores no se salieran del camino y se despeñaran. Y prohibió el acceso de los coches de los equipos: los mecánicos cogerían las ruedas de repuesto y subirían con ellas en unas Vespas dispuestas por la organización.

    En la foto se ve a Ercole Baldini —campeón de Italia, campeón del mundo, campeón olímpico, campeón del Giro— apeado de la bicicleta y agarrándola por el manillar. Detrás de él, tres compañeros de equipo, también a pie. Están reconociendo el Muro, unos días antes del Giro de Lombardía. La foto aparece en un recorte de prensa, ahora expuesto en la hostería de la Colma di Sormano, y el titular dice: «Baldini: ¡una subida imposible!». Y el subtítulo: «En el reconocimiento del Muro de Sormano, los ciclistas del equipo Ignis echaron pie a tierra repetidas veces».


    La carretera, abandonada durante décadas, fue reasfaltada y renovada en el año 2006 por unos paisajistas. Con esa querencia tan italiana por la épica, convirtieron la carretera en memorial, en monumento, en escenario. Y la pintaron: pintaron la altitud metro a metro, con números blancos sobre el asfalto negro, a partir del 827, 828, 829; y así, cuando los números están muy seguidos, queda claro que la pendiente es terrible. Por ejemplo, en esa curva de Massignan en la que casi se solapan el 1013, 1014, 1015, 1016: pocos pueden subirla pedaleando. También pintaron declaraciones de ciclistas acerca del Muro, los tiempos de ascensión de 1960, 1961 y 1962 —las tres primeras ediciones, y las tres últimas hasta cincuenta años más tarde— y algunas indicaciones para reconocer las montañas de alrededor.


    Esas indicaciones de las montañas no son, desde luego, para los cicloturistas que vienen a probarse. Suben con la cabeza agachada, mirando el asfalto, y si levantan la vista solo es para no salirse y no caerse ladera abajo. Una valla impide el paso de los coches, así que los cicloturistas pueden retorcerse con toda paz y disfrutar agonizando. La mayoría se entusiasma si llega a la cumbre sin bajarse de la bici, algunos participan en la cronoescalada que se celebra todos los años en julio y aspiran a una buena marca.

    Vemos a un ciclista de unos cuarenta años, que solo lleva medio kilómetro y se topa con una rampa de cien metros al 23%. Pedalea como si arrastrara árboles, sacude el cuerpo atrás y adelante, empuja con los riñones, con los brazos, con las piernas, cada vez más lento, tan lento que va a caer, pero no, pero gira las bielas una vez más, ya no puede con la siguiente, parece que va a caer pero saca el pie del pedal y se apoya en el suelo en el último instante. Y plagia a Baldini sin saberlo:

    —Impossibile! —dice. Intenta sonreír, apoya los brazos y la cabeza sobre el manillar, jadea como una locomotora de vapor.

    —Tranquilo —le decimos—, Poulidor también se bajó de la bici.
     
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  6. labeaga

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    La Vuelta a España que Perico Delgado robó a Robert Millar


    Robert Millar
    (Glasgow, 13 de Septiembre de 1958) estaba a punto de convertirse en el primer ciclista de habla inglesa en ganar una de las tres grandes vueltas. Lo tenía todo de cara.

    Durante los años de la dictadura y hasta finales de los 70, la Vuelta a España era un evento que agonizaba.

    El interés del público era prácticamente nulo, en gran parte debido a que los corredores extranjeros se hacían con todas las etapas, casi sin excepción.

    No había un héroe local capaz de atraer las masas de espectadores durmientes hasta entonces.

    A principios de los 80 empiezan a emerger algunos corredores españoles muy prometedores como Marino Lejaretta o Ángel Arroyo que ganaría la edición de 1982 pero más tarde fue desposeído del título por dar positivo en un control antidopaje.

    En 1985 la Vuelta a España tenía todavía un aire muy rústico que nos alejaban de otras grandes vueltas pero empezaba a crecer y a dar signos de querer convertirse en una grande del calendario ciclista internacional.


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    (Cartel de la Vuelta a España 1985)



    Un joven corredor de Segovia llamado Pedro Delgado se atrevía a desafiar lo establecido y parecía ser un verdadero talento con su estilo atrevido, agresivo y un aspecto más digno de un futbolista mediático que el de un sufrido ciclista.

    Delgado acababa además de firmar el contrato más lucrativo de la historia del ciclismo español con el equipo Orbea-Seat.

    Por aquella época el ciclismo no tenía el tirón mediático que tiene ahora como demuestra el acuerdo al que llegaron la organización de la Vuelta a España y Televisión Española. La Vuelta pagaría a la cadena de televisión para que retransmitirá el evento en vez de ser al revés como ocurre hoy en día.

    Televisión Española dejó claro que en años venideros se podría revisar este acuerdo sí la cuota de pantalla o audiencia era buena, por lo que sería muy interesante para la organización de la Vuelta que hubiera un campeón español.

    La Vuelta a España era un evento diferente al Giro de Italia y el Tour de Francia. No podíamos competir con ellas ni por experiencia ni organización.

    El escritor Richard Moore, achaca a esta “falta de preparación” el incidente ocurrido en la edición de 1985 durante la cuarta etapa, cuando un perro, que saltó de un balcón, se cruzó delante del pelotón en pleno sprint creando un serio accidente.

    Varios corredores resultaron heridos, pero la peor parte fue para el belga Ludo Loos que fue trasladado al hospital con una hemorragia cerebral que le dejaría paralizada la parte izquierda de su cuerpo.

    Tampoco salió nada bien parado el español Jaime Salva que se fracturó la cabeza.



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    (Ludo Loos)



    Según Richard Moore:

    “Esto podría haber pasado en cualquier gran vuelta pero de algún modo era más probable que se diera en la Vuelta a España que en cualquier otra”



    Salvo este desafortunado accidente, no hay mucho más que destacar durante la primera semana de carrera excepto que un jovencísimo Miguel Induráin con tan solo 20 años se convirtió en el corredor más joven de la historia de la Vuelta en llevar el maillot amarillo de líder (sí, por aquel entonces era amarillo y no rojo como ahora).

    Robert Millar se muestra en plena forma y al llegar a los Pirineos, su escenario preferido durante toda su carrera deportiva, se hace con el maillot amarillo.

    A falta de tan solo 2 etapas, su renta es de 10 segundos respecto al colombiano Pacho Rodríguez (Zor) y 1 minuto 15 segundos a Peio Ruiz Cabestany (Orbea) que es tercero en la general.



    1. Robert Millar (Escocia) (Peugeot)
    2. Pacho Rodriguez (Colombia): +10 seg (Zor)
    3. Peio Ruiz Cabestany (España): +1:15 min (Orbea)
    4. Julián Gorospe (España): +5:13 min (Reynolds)
    5. Raimund Dietzen (Alemania): +6:00 min (Teka)
    6. Perico Delgado (España): +6:13 min (Orbea)


    Todo parecía indicar que el escocés del equipo Peugeot se establecería por fin en la élite con su primera victoria en una gran vuelta.

    El sábado 11 de mayo es la penúltima etapa, 200 km desde Alcalá a Segovia pasando por los altos de la Morcuera, Cotos y Leones, nada que debiera preocupar a Millar que se había mostrado como el escalador más fuerte de toda esta edición.



    Esta Vuelta a España es sin lugar a dudas más dura que el propio Tour de Francia.
    (Sean Kelly, compañero de Robert Millar en el equipo Peugeot)



    Ya comenzada la etapa, en cuanto el pelotón rueda sobre las primeras rampas de la Morcuera, Pacho Rodríguez decide poner a prueba a Millar lanzando un ataque al que el escocés respondió con contundencia.

    Primer puerto de los tres solventado sin problemas por Robert Millar.

    Pero nada más comenzara a subir Cotos, Millar sufre un pinchazo y se ve obligado a detenerse y cambiar la rueda.



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    (Perfil de esta penúltima etapa: Alcalá – Segovia)



    No hay motivo para el pánico ya que junto al ciclista escocés ruedan dos de sus compañeros; Pascal Simon y Roman Pensec, que lo llevan de nuevo al grupo de los líderes enlazando a menos de 1 km de coronar Cotos.

    Debido al esfuerzo realizado, Simon y Pensec pierden contacto con este grupo de cabeza.

    Al ponerse al mando de ese grupo, Millar ve que Rodríguez y Cabestany habían contravenido las leyes no escritas del ciclismo lanzando un ataque mientras él tenía problemas mecánicos así que da otro acelerón y se pone rápidamente a su par incluso antes de coronar.

    El maillot amarillo daba la impresión de estar completamente al mando y mucho más fresco que sus rivales.

    Aquí es donde comienzan todas las teorías conspiranoicas:


    El mal tiempo y la niebla dificultaban enormemente seguir el desarrollo del final de la etapa. La situación de carrera era muy confusa y hasta caótica.

    Tras casi tres semanas de Vuelta, el pelotón se desintegró dando lugar a un rosario de corredores y grupos muy reducidos que se confundían en la niebla.

    Las referencias eran casi inexistentes y era terriblemente complicado el hacerse una idea de cual era la situación exacta de cada ciclista.

    Los coches de equipo atrapados a muchos metros de sus corredores trataban de seguir la etapa con la poca información que recibían por la emisora (la famosa motocicleta RadioVuelta).

    El director del equipo Peugeot, Berland, dijo que la poca información que les llegaba era en español y muy difícil de entender.

    La situación no mejoró cuando durante esta segunda ascensión del día, la lluvia se hizo más intensa y muchos corredores empezaron a usar chubasqueros, ocultando sus dorsales y en ocasiones era tarea casi imposible el adivinar a que equipo pertenecían.

    Poco antes de que Millar contactase con el grupo de cabeza, el español del equipo Kelme, José Recio saltó en fuga y en el descenso de Navacerrada Perico Delgado (Orbea) consiguió enlazar con él. Era un puerto que Perico conocía de memoria ya que entrenaba muy a menudo por esas carreteras segovianas.

    Así se forma el dúo que iba en cabeza y hasta entonces no representaban ningún peligro para Millar ya que Delgado se encontraba a 6:13 min en la general.

    ¿Cuál era el problema entonces?
    Que Robert Millar no tenía ni idea de que Recio y Delgado habían saltado del grupo.

    Se creía dominador absoluto de la situación ya que pensaba que rodaba en cabeza con el primero y el segundo de la general a su lado. Ninguno de los dos parecía dispuesto a atacar.
    Faltaban 69 km a meta.



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    (Pacho Rodríguez)



    Una muestra de su total confianza es que en las imágenes de la etapa se aprecia como incluso charla con Rodriguez y Cabestany, algo que para Robert Millar, un corredor tan seco y parco en palabras es tremendamente revelador.

    Todavía a día de hoy, no está del todo claro si Perico Delgado atacó en el descenso con Millar ya reincorporado al grupo de cabeza o si lo hizo antes de coronar mientras el líder era remolcado por sus dos compañeros.

    El grupo de Millar reduce el ritmo y Simon Pascal y Pensec, estan a punto de enlazar de nuevo con su líder durante el descenso a Cotos pero cuando estaban a menos de un minuto tuvo lugar una de las situaciones más curiosas que se recuerdan en el ciclismo profesional.

    Muy inconvenientemente para Peugeot y Robert Millar, pero afortunadamente para los intereses de muchos equipos españoles, Simon, Pascal y su grupo con otros 20 corredores tuvieron que detenerse en un paso a nivel que tenía la barrera bajada.

    Esperaron allí parados durante lo que seguro les debió parecer una eternidad pero el tren jamás pasó.
    Tras dos minutos, las barreras se elevaron de nuevo pero ya era imposible que Millar recibiese la ayuda de sus dos compañeros de equipo.

    Mientras tanto, la ventaja de Recio y Delgado iba creciendo respecto a un Robert Millar que ignoraba por completo que había otros dos corredores delante de él.



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    (Perico Delgado y José Recio se entendieron a la perfección)



    Ninguno de los ciclistas que iban con Millar le dijo nada sobre el dúo de cabeza. Claro que no tenían ninguna obligación de hacerlo.

    Empezando a subir Leones, la ventaja era de 2 minutos y 56 segundos respecto al líder.
    La gente se agolpaba como nunca antes se había visto en la Vuelta a España, animando a un Perico Delgado que volaba además hacia su Segovia natal.

    Al coronar Leones, la diferencia había aumentado hasta los 3 minutos y 15 segundos.

    Perico ya había recortado a la mitad su déficit en la clasificación general y todavía quedaban 43 kilómetros a meta pero lo más importante era que Robert Millar seguía sin saber que había alguien escapado.

    Las referencias de la organización eran inexistentes, era una sola moto la que estaba al cargo de pasar información a los ciclistas pero esta no aparecía por ningún lado.

    El director deportivo del equipo Peugeot, Berland, o bien era incapaz de llegar hasta donde estaba Millar o también desconocía la situación.

    Se puede ver en las imágenes como en la cima de Leones (43kms a meta), Cabestany, tercero en el general, se coloca al lado de Millar y le da la mano diciendo La carrera es tuya“.

    A lo que el escocés respondería halagado con un… It wasn’t to be. I’m sorry, you tried but it wasn’t to be.





    Muchas críticas le han llovida a lo largo de los años a Cabestany por este gesto ya que él sí que tuvo que ver partir a Perico y se podía imaginar lo que pasaría si Millar seguía sin conocer la situación real de carrera.

    Hay que decir a favor de Cabestany que cuando Perico atacó a 69 kms de meta, estaba a unos largos seis minutos y medio y no se podía considerar como alguien que optase al liderazgo de esa Vuelta a España.

    Por fin, a falta de 26 kms para la meta, el bueno de Robert Millar descubre todo el pastel cuando su director Berland acerca el coche de equipo y le pone al tanto de la situación: Perico Delgado va por delante con casi 4 minutos de ventaja.

    Todavía hay tiempo para la reacción por parte del escocés.

    Pero justo en este momento se da otro de esos puntos negros que nunca llegaremos a esclarecer totalmente y es que en los próximos 3 kms, Recio y Delgado aumentan casi otro minutos su ventaja hasta los 4 minutos y 54 segundos.

    Ahora ya saltan todas las alarmas en Glasgow y para desgracia de Millar, sus compañeros Simon y Pensec siguen sin aparecer por detrás.

    Robert Millar tiene que tomar cartas en el asunto:


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    Robert analiza a sus compañeros de grupo.

    Son siete españoles, un holandés del equipo Panasonic (Gerard Veldscholten), un francés del Skil (Eric Guyot) que en un primer momento empiezan a trabajar con Millar al frente del grupo y el colombiano Rodriguez (2° en la general a tan solo 10 segundos).

    Millar habla con Rodriguez para hacerle entender que su segundo puesto está en serio peligro pero la respuesta de éste le deja de piedra.

    Rodriguez prefiere perder el segundo puesto si así consigue que Delgado gane la Vuelta.

    Mucho se ha especulado de si el equipo de Rodriguez (el español Zor) le dio la orden de dejar escapar el segundo escalón del podium debido a que habían hecho un trato con el equipo de Perico.

    Los problemas de Robert Millar no hacen más que agravarse cuando en primera instancia Guyot y poco más tarde Veldscholten dejan de colaborar en la persecución dejándose caer hacia el final del grupo.

    Aquí es cuando el líder se ve atrapado en lo que se conoce como una “Trampa 22“, una decisión con dos posibles salidas igualmente malas:



    1. Puede iniciar una persecución sin cuartel para limitar las pérdidas con Delgado. Nadie le va a ayudar y es muy probable que en los últimos kilómetros, cuando se encuentre totalmente agotado, Rodriguez salte del grupo para recuperar esos escasos 10 segundos que les separan en la general.
    2. O puede guardar fuerzas y no desgastarse en demasía esperando los ataques de Rodriguez al final. Aunque eso le puede hacer perder la Vuelta con Perico.


    Decide ponerse a tirar pero guardando algo de energía para lo que pueda hacer Rodriguez llegando a Segovia.

    Faltan 17 kilómetros y Perico Delgado va con Recio a 5 minutos y 12 segundos, solamente le aleja algo más de un minuto del maillot amarillo de líder.

    El pobre Robert Millar va tirando del grupo a la vez que sufre los ataques de sus compañeros de fuga que se van turnando para atacarle y volver a ponerse a su rueda en cuanto éste los atrapa.



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    En Segovia, Recio gana la etapa (dicen que Delgado se la cedió como gratitud por colaborar en la fuga) y todo el mundo se vuelve hacia el reloj.

    Al cabo de seis minutos la gente empieza a creérselo mientras entonan valientemente “Perico, Perico” justo cuando Robert Millar entra en los últimos 400 metros. En los poco más de 30 segundos que le costó recorrerlos perdió la Vuelta a España de 1985.

    El hasta entonces maillot amarillo cruza la meta todavía ajeno a la desgracia. En cuanto le dicen que ha perdido 6 minutos y 50 segundos lanza una maldición al cielo Segoviano, se desabrocha los calapies y sale en fuga hacia su coche de equipo.

    Sus únicas palabras fueron pocas pero significativas:



    “Todos y cada uno de ellos estaban en mi contra”

    Una vez dentro, pone la cabeza entre sus manos y se entierra en sollozos.

    Berland, su director fue más descriptivo cuando dijo lo siguiente:



    ¡Están podridos! Todo el pelotón estaba en nuestra contra. Parece ser que un español debe ganar esta carrera a cualquier precio.



    No ayudó tampoco el que Perico Delgado se deshiciese en elogios hacia todos los equipos españoles (supuestamente rivales) por la ayuda prestada, en especial a Javier Minguez, el director del equipo Zor que privó a Rodriguez de un segundo puesto para hacer posible la victoria de un ciclista español.

    Perico aseguró que no atacó con la esperanza de ganar la general sino que su idea era poner a Millar a prueba y de paso ver si podía ayudar a su buen amigo y compañero de equipo Cabestany.

    En cuanto Recio y él construyeron una ventaja de 3 minutos, empezó a pensar que quizás podría ganar la etapa pero no fue hasta unos escasos 3 kilómetros para el final cuando el director del equipo de Recio le gritó desde el coche que si conseguían unos segundos más podría hasta ganar la Vuelta.

    Fue entonces cuando Delgado preguntó a cuanto estaba en la general de Millar ya que afirma que hasta ese momento no tenía ni idea.

    Javier Minguez, por otra parte jamás ocultó su ayuda a Perico Delgado y en una entrevista a medios colombianos dijo lo siguiente:



    “Pacho Rodriguez estaba destinado al segundo puesto y Robert Millar a la victoria. Cualquier cosa es preferible que entregarle la victoria a Millar… me dolió mucho el frenar a Pacho en los últimos kilómetros pero era necesario para alejar a Millar del panteón de los campeones.

    Ha ganado Perico, que es de otro equipo, pero para mí es como si fuera del Kelme, porque es español. Ha ganado un español y yo le he ayudado

    No tengan ninguna duda, yo fui el artífice de la victoria de Delgado y no lamento mi decisión”



    La última etapa de esta Vuelta a España 1985 consistió en 175 km totalmente llanos que terminaron con el clásico sprint masivo y un auténtico baño de masas para el líder Perico Delgado.

     
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  7. Ritxis

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    Quien puede aportar algo mas sobre lo paso ese dia es Gilbert Duclos-Lasalle...... en una publicacion francesa de hace tiempo comento que algun dia, hablaria sobre aquello........
     
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  8. labeaga

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    Los ciclistas terminaron de cenar y se fueron levantando de las mesas. Quedó uno solo: Vicente Trueba, que rebañaba los restos del plato. Cuando pasó la camarera, le pidió el postre: jamón, huevos fritos y otro filete. Y más pan, por favor.


    José Bobillo, un federativo cántabro, asistió a la escena y pensó que Trueba se iba a gastar todo su dinero antes de terminar el Tour de Francia si seguía comiendo tanto. El ciclista de Torrelavega se había ganado ya un cierto prestigio en el Tour de 1930, y consiguió que en 1932 la organización le pagara al menos una dieta para sus gastos de alojamiento, comida y reparaciones: cincuenta francos diarios. Trueba le mostró al periodista Ramón Torres una factura de ochenta francos por la reparación de una rueda torcida, y le explicó que se apañaba con otros dos ciclistas modestos franceses para contratar a un masajista entre los tres.

    Trueba corría sin equipo. Y escalaba para comer: gracias a los dos mil francos de premio por coronar primero el col d’Aubisque, podía repetir huevos fritos, jamón y filete. Y más pan, más pan.

    Lo del Aubisque y el Tourmalet fue tremendo. En la primera etapa pirenaica de 1932, bajo una tormenta, los favoritos Archambaud, Leducq, Pesenti, Camusso y Faure se lanzaron al ataque. «Entre la lluvia, el barro y la niebla, con los aficionados en el borde de los precipicios, da la impresión de que por estas tremendas cuestas, estrechas y descarnadas, suben los titanes en terrible lucha para alcanzar, triunfantes, el Olimpo de los Dioses», escribió con emoción, con hipo, un periodista de Le Petit Journal. Los titanes se retorcían en aquella pista embarrada y de pronto un ciclista minúsculo empezó a adelantarlos a todos, uno a uno. Era Trueba, el hombre que medía un metro y medio y comía por tres, el que necesitaba el premio de la cumbre para repetir filete. Coronó el Aubisque con dos minutos de ventaja y se llevó los dos mil francos.

    Siguió en cabeza durante muchos kilómetros y empezó a subir el Tourmalet con ventaja, pero lo atropelló un coche que seguía la carrera. Luego llegó por detrás el francés Faure —empujado por los espectadores, rabiaba Trueba— y le ganó en la cima. Aun así, pasó segundo y se llevó otros mil quinientos francos.

    Trueba se cayó en la bajada, luego pinchó dos veces y fue superado por el grupo de los favoritos. Tuvo que pedalear cien kilómetros en solitario hasta Luchon y perdió dieciséis minutos.

    Al día siguiente, en la meta de Perpiñán, una niña le entregó un ramo de flores y un sobre con doscientos cincuenta francos. Cuenta Ángel Neila, biógrafo de Trueba, que el dinero era una colecta de los emigrantes españoles que vivían en la ciudad. Le invitaron a cenar en el Centro Social Español, brindaron con champán, le pagaron un buen hotel y lo despidieron con mil abrazos. «Me dieron una paliza mayor que las que me di en el Aubisque y el Tourmalet juntos», dijo Trueba. Caminando hacia el hotel, un hombre lo paró en la calle para darle un billete de cien francos. Era otro emigrante español. Trueba no quiso aceptarle el dinero. Pero el hombre insistió: «Y perdóneme por darle solo esta cantidad, llevo un tiempo sin trabajo y no puedo darle más».

    Trueba terminó el Tour de 1932 en el puesto 27.º, a dos horas del vencedor, después de que los organizadores lo penalizaran varias veces con minutos de retraso por recibir comida y bebida de los espectadores.
     
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  9. labeaga

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    Trueba cambió la historia del Tour. Tras las exhibiciones en el Aubisque y en el Tourmalet, Desgrange se convenció de que el cántabro era uno de los personajes más fascinantes de la carrera y pensó que sus proezas merecían premio. Ya le había dedicado párrafos épicos, ya sabía que las batallas alpinas y pirenaicas eran las más comentadas por el público, ya tenía las cifras de ventas de su periódico: L’Auto, que antes de inventar el Tour de Francia en 1903 solía vender veinte mil ejemplares diarios, había subido a cincuenta mil durante la primera edición de la carrera, a trescientos veinte mil antes de la interrupción de la Primera Guerra Mundial… y a ochocientos treinta y tres mil ejemplares durante las etapas de montaña de 1932. Pero Trueba, el protagonista de los episodios más emocionantes, se quedaba siempre sin recompensa. Cruzaba las cimas con muchos minutos de ventaja, pero entonces no existían los finales en alto: siempre faltaban cincuenta, ochenta, cien kilómetros hasta la meta, y Trueba los recorría solo contra el viento, sin relevos. Detrás de él, los perseguidores se organizaban y lo atrapaban. Si llegaban diez corredores en cabeza, el ligero Trueba quedaba el décimo en el sprint.

    Así que Desgrange tuvo una idea para reconocer los méritos de Trueba y de otros escaladores puros: en 1933 inventó la clasificación de la montaña, con dieciséis puertos en los que se repartían puntos. Y mucho dinero: muchos filetes.

    Trueba fue el primer rey de la montaña de la historia, y fue un rey absoluto.

    Después de sufrir en las etapas llanas, donde los rodadores belgas lo llevaban «como los rinocerontes llevan con ellos a los pajaritos», palabra de Desgrange, el cántabro se desquitó en los puertos de 1933. Pasó en cabeza el Ballon d’Alsace, primera montaña puntuable, y ya nadie lo apeó del liderato; batió el récord del Galibier —lo subió en dos horas y diez minutos, veintitrés minutos más rápido que la marca anterior— y también fue el primero en los cols de Vars, Braus, Port, Peyresourde, Aspin, Tourmalet y Aubisque: un collar con las mejores perlas.


    Escribió Desgrange: «Cuando veo pasar a Trueba, siempre me parece que lleva en sus bolsillos el certificado de defunción. Es el prototipo del niño mártir: tiene una mirada de gato mísero, apaleado y hambriento, pero en el momento en que uno empieza a apiadarse de él, ataca en el col de Braus y le quita el primer puesto a Archambaud. Luego baja la cabeza y parece pedir disculpas. ¿Cómo no querer a esta pulga? ¿Cómo no dejarse engañar por su pobre aspecto? Dice que ha llegado al límite de sus fuerzas y que los Pirineos van a ser fatales para él».

    Trueba ganó el Tour —Trueba ganó el Tour que no ganó— en una etapa de apariencia tranquila. Después de cuatro jornadas muy duras en los Alpes, el pelotón se tomó con calma el recorrido entre Digne y Niza, y cinco corredores con mucho retraso en la clasificación aprovecharon para fugarse. El pelotón sesteaba y la ventaja de los cinco aumentó hasta los veinticuatro minutos. Trueba olió el peligro: los jueces del Tour eran muy estrictos con el cierre de control. Todo corredor que empleara un 8 % más de tiempo que el ganador de la etapa quedaba eliminado. Así que saltó del pelotón para reducir la ventaja. Nadie le siguió.

    Trueba llegó a la meta doce minutos más tarde que los escapados. Según los cálculos de los jueces, el cierre se establecía en 21 min y 48 s. Y el pelotón llegó a 22 min y 27 s. Según el reglamento, ya solo debían seguir en carrera seis ciclistas: los cinco escapados y Trueba —que era el mejor clasificado y que, por tanto, debió recibir el maillot amarillo—.

    Pero Desgrange no podía permitir que solo seis ciclistas compitieran en las trece etapas que faltaban hasta París. Ordenó a los jueces que ampliaran el retraso máximo permitido del 8 % al 10 %: así repescaron al pelotón. Al día siguiente ampliaron de nuevo el límite, para rescatar a otro grupo de ciclistas. La arbitrariedad era evidente: el vizcaíno Cepeda y otros siete corredores habían sido eliminados en la primera etapa, por pasarse dos minutos del límite. Entre unas cosas y otras, solo cuatro ciclistas llegaron a París sin ser repescados algún día, y el primero de ellos era Trueba. ¡El vencedor moral del Tour!, decían los periódicos.

    Trueba se quejó poco. Entró en los Alpes en el puesto 29.º, salió 9.º, y solo lamentaba que la batalla tuviera treguas: «Los días de descanso no deberían existir. Ayer estaban todos los ases medio muertos y hoy ya se habrán rehecho con los masajes y los ungüentos. Yo maldigo los días de descanso».

    Siguió repartiendo leña en los Pirineos. Cada vez que paraba en las cimas para sacar la rueda trasera y cambiar de corona —porque entonces no existían los cambios—, una nube de aficionados españoles corría a abrazarlo y a besarlo. «En el Aubisque dos señoritas vinieron a traerme piedras: como me vieron de poco peso, me dijeron que me cargara para bajar más rápido hasta Pau y ganar por fin una etapa».

    Nunca lo consiguió. Camino de Tarbes, pinchó cuando iba primero, fue alcanzado por Aerts y Martano, y quedó tercero en el sprint entre los tres. Camino de Pau, iba primero cuando se encontró con la barrera cerrada de un paso a nivel y trató de colarse. Hay una foto tremenda en la que dos hombres se echan encima de un Trueba enloquecido: un comisario del Tour lo agarra por la espalda y el guardabarreras le arranca la bici y la levanta por los aires. Para cuando pasó el tren y dejaron continuar a Trueba, ya tenía a los perseguidores encima. En la meta de Pau, quedó séptimo en el sprint entre los siete. Ese día rompió a llorar.

    El periodista cántabro Luis Soler acompañó a Trueba al hotelucho donde debía alojarse en Pau. El recepcionista le asignó una habitación en la cuarta planta, un cuchitril «humilde, pobrísimo, como una gatera», escribió Soler. «Ya ve usted que en Francia se me reconoce como escalador», le dijo Trueba al periodista. «Después de coronar el Aubisque y el Tourmalet, me obligan a coronar otro col más. Habitación en la cuarta planta, unas cien escaleras. ¿Soy o no soy un escalador?».

    Trueba terminó el Tour en sexta posición, ganó la clasificación de la montaña y acumuló 56 700 francos en premios —un dinero con el que podía comprar cuatro coches—. Firmó contratos para competir en velódromos de Francia y Bélgica, para correr la Vuelta a Suiza y el Giro de Italia en calidad de estrella, para exhibirse en Marruecos y Argentina. Sin darse cuenta, llegó a firmar contratos para correr dos carreras en dos países el mismo día.
     
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  10. labeaga

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    El disfraz de Garrigou y el envenenamiento de Duboc

    Gustave Garrigou, el Dandy, triunfó en la primera visita del Tour de Francia a Cherburgo en 1911. Aquella victoria a falta de dos etapas le consolidó como líder. Pero aún le faltaba un serio peligro que sortear... La siguiente etapa, que partía de la misma ciudad hacia Le Havre, circulaba por Ruán (o Rouen), localidad de su principal rival: Paul Duboc. Sus paisanos estaban encolerizados con Garrigou, a quien habían enviado cartas amenazantes.

    El patrón del Tour, Henri Desgrange, conocía el riesgo y montó un operativo para proteger al líder. Le aconsejo disfrazarse, así Garrigou se vistió con otro maillot, pintó la bici de negro, eliminó su dorsal y cruzó la ciudad rodeado por tres coches. El Dandy evitó así las agresiones y acabó ganando aquel Tour.


    Hay que retroceder varios días para conocer la razón de tanta hostilidad. Duboc había encadenado dos triunfos en Perpiñán y Luchon, y se había situado muy cerca de Garrigou. Todo apuntaba a que en la etapa reina de los Pirineos, camino de Bayona, iba a culminar la remontada: cruzó primero el Peyresourde, el Aspin, el Tourmalet... Pero en el Aubisque se sintió mal, palideció y sufrió vómitos y diarreas. Llegó a cuatro horas. Había bebido de un bidón envenenado. Y las sospechas se dirigieron a Garrigou, en concreto al técnico Joseph Calais. Otra versión posterior señala al exciclista François Lafourcade, un especialista en brebajes sospechosos que servían para aumentar el rendimiento... O para hundir al rival.
     
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  11. Ritxis

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    @labeaga te digo 2 carreras, para que las investigues...una de ellas épica no, los siguiente.... Lieja-Bastogne-Lieja 1980, la otra es "La Pascale" (Paris-Roubaix) de 1981 que gano Hinault y como la gano.............o el mundial de Sallanches de 1980............



    Luik-Bastenaken-Liuk 1980, con esta foto es facil adivinar que fue épica...........
    hinault-lbl-620x409.jpg
     
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  12. labeaga

    labeaga Miembro Reconocido

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    Lucien Buysse


    El TOUR de 1926 el más largo.

    En 1925 el número de etapas había pasado de 15, como se venía haciendo desde 1910, hasta 18. En 1926 se eliminó una, quedando en 17 las etapas realizadas. El organizador del Tour, Henri Desgrange, buscaba tener etapas más largas, pasando de una media de 312 km por etapa en 1925 a 338km por etapa en 1926.

    Fueron 126 los ciclistas que tomaron la salida en esta edición del Tour de Francia. 82 de ellos eran "touriste-routiers", ciclistas que no tenían el apoyo detrás de ningún equipo. Los otros 44 ciclistas formaban parte de equipos, algunos de ellos compuestos por tan sólo dos corredores.

    Esta fue la edición más larga de la historia del Tour, recorriendo todo el perímetro de Francia. Fue la primera vez que la carrera comenzaba fuera de París, a Évian-les-Bains. Hasta cuatro etapas superan los 400 km, cuando el año anterior sólo había sido una. Se vuelven a disputar las clásicas etapas de los Pirineos y los Alpes, con el paso por los puertos como el Col d'Aubisque, Tourmalet, Izoard o Galibier.

    Jules Buysse empezó fuerte la primera etapa, ganando en solitario con más de 13 minutos sobre el inmediato perseguidor en Mulhouse. Bottecchia perdió más de media hora en esta etapa. La segunda etapa finaliza en un sprint masivo, sin que se produjera ningún cambio en la clasificación general. En la tercera etapa Buysse pierde el liderato en favor de Gustaaf van Slembrouck. Ese mismo día Lucien Buysse recibió la noticia de la muerte de su hija. Consideró abandonar la carrera, pero finalmente decidió seguir corriendo. Las siguientes etapas finalizaron en sprints masivos, con todos los favoritos agrupados en el mismo grupo. En la sexta etapa, Félix Sellier ganó al sprint, pero el jurado dictaminó que no había sido un sprint limpio y fue desplazado a la segunda posición, haciendo que Joseph van Dam fuera el vencedor de la etapa.

    Después de unas jornadas monótonas, la lucha por la clasificación general empezó en la décima etapa. Esta décima etapa ha sido catalogada como la etapa más dura nunca disputada en el Tour de Francia; Disputada bajo una constante lluvia, muy frío e intensa niebla, 76 ciclistes toman la salida
    tomaron a medianoche, y más de diecisiete horas después, Lucien Buysse la finalizó proclamándose vencedor. Después de 25 minutos llegó el segundo clasificado. Una hora más tarde sólo 10 ciclistas habían finalizado la etapa por lo que la organización del Tour va enviar coches a buscar a los ciclistas. A la medianoche 47 ciclistas habían llegado, algunos de ellos en autobuses. Los oficiales de carrera permitieron continuar a los ciclistas que habían hecho hasta un 40% más de tiempo que el vencedor. Finalmente fueron 54 los ciclistas que cruzaron la línea de meta, mientras los otros 22 restantes abandonaron la carrera. Después de la etapa, las autoridades de la carrera fueron abordados por un hombre que dijo que había llevado a algunos ciclistas a la línea de meta con su coche, pero que no le habían pagado. Las autoridades decidieron no castigar a los ciclistas, y se pagó al conductor. Gustaaf Van Slembrouck, portador del maillot amarillo, acabó la etapa en 20ª posición, casi dos horas tras Buysse. Un año más tarde, Van Slembrouck dijo que durante la etapa informó a Desgrange que quería abandonar, y Desgrange ordenó a un coche que acompañara a Van Slembrouck a la meta. La misma etapa, con los mismos puertos, se había disputado el 1913, pero con buen tiempo, y el vencedor, Philippe Thys sólo necesitó 13 horas hacer finalizarla. Entre los ciclistas que abandonaron en el transcurso de la etapa destacan el vigente campeón, Ottavio Bottecchia, Philippe Thys o Adelin Benoit.

    Con la victoria de Buysse en la siguiente etapa, su victoria estaba asegurada, ya que lideraba la carrera con más de una hora. Desde aquel momento, Buysse ahorró fuerzas, y la carrera se limitó a la lucha por la segunda posición entre Frantz y Aimo. Finalmente fue Frantz el segundo clasificado, con 26 segundos de ventaja sobre Aimo
     
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  13. lucsar

    lucsar Miembro Reconocido

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  14. Zenono

    Zenono Miembro activo

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    Ahora que estas historias están más enmarcadas en el foro este hilo es una joya. Lo que estoy disfrutando leyendo todos estos relatos...

    Muchas gracias ;)
     
  15. Xc75.

    Xc75. Miembro Reconocido

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    Gracias por crear el hilo y por tus relatos, que a mi me parecen fantásticos.
    Con tu permiso me quedo por aquí.
    Saludos
     
  16. aupa_olano

    aupa_olano Miembro activo

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    Muchas gracias por estas historias.
    Una gozada, leerlas!!!

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  17. basatxuman

    basatxuman Miembro

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    Gran hilo!!

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  18. evt75

    evt75 Miembro Reconocido

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    Una alegría que hayas abierto el hilo!!!!!
    A disfrutar leyendo.....;)
     
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  19. Eryoshua

    Eryoshua Miembro Reconocido

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  20. Trisk3l

    Trisk3l Miembro Reconocido

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